lunes, noviembre 19, 2007

" HUELLAS DE LA CREACION DE DIOS "

Las huellas de la creación de dios
Respetuoso del laicismo, de todas las creencias relativas a la eternidad o a la no eternidad de la vida espiritual, un artículo publicado la semana pasada en el suplemento cultural del diario argentino La Nacion llamó mi atención sobre la evolución del pensamiento en la idea de un ser supremo en el univierso.
Desde hace pocos años, algunos de los mejores científicos posdarwinianos están desplegando teorías sólidas sobre la imposibilidad de la existencia de algún dios. El debate ha cruzado todos los círculos académicos de Europa y Estados Unidos y ha llegado ya a la portada de los grandes diarios. Imposible cerrar los ojos. La mayoría de esos teóricos fundamenta sus ideas no solo en los males creados por la intolerancia religiosa (crueldades sin nombre, falaces promesas de eternidad como premio a la matanza de infieles) sino, sobre todo, en los últimos hallazgos de la biología y de la física y en las revelaciones sorprendentes que deparan las mudanzas de la naturaleza cuando se las estudia a la luz de la evolución de las especies.
Dos grandes libros que niegan la idea de algún dios han alcanzado rápida repercusión durante los últimos veinte meses. Ambos continúan la línea de investigación de Stephen Jay Gould, un biólogo de Harvard que murió en mayo de 2002 a los 61 años, luego de recopilar sus ideas en un tratado monumental, todavía no traducido al español, Estructura de la teoría de la evolución. El más notable de esos nuevos aportes es El espejismo de Dios ("The God Delusion"), escrito por un eminente catedrático de Oxford, Richard Dawkins, quien hace ya treinta años demostró en El gen egoísta que la vida es creación de genes capaces de cualquier hazaña para sobrevivir y prevalecer. Otra obra memorable es Dios no es grande ("God is not Great. How Religion Poison Everything"), de Christopher Hitchens, un intelectual famoso por la pasión con que abraza las causas que cree justas y las defiende sin medir las consecuencias. Si bien Hitchens comparte el ateísmo de Dawkins, su ensayo es más político que científico. Trata de entender hacia qué extremos de idiotez y crueldad puede conducir la fe ciega en un dios al que se invocó para alzar las hogueras de la Inquisición, asesinar a millones de seres humanos en Ruanda y cambiar el rumbo de la historia al destruir las Torres Gemelas.
La vigencia del librepensamiento
Hace apenas décadas, a la vuelta de la esquina de la historia, no habría sido posible escribir nada de esto. Dudar de la existencia de dios se castigaba con la mutilación, con la hoguera, con la esclavitud, con el destierro. El dios cristiano era el poder supremo, tanto en el orden espiritual como en el temporal, y los guardianes de ese ser se erguían como los cruzados de una verdad fuera de la cual nada era posible.
Esta semana terminé de leer La Puta de Babilonia, de Fernando Vallejo. Así llamaban los albigenses a la Iglesia de Roma, según la expresión del Apocalípsis. Este ensayo escrito de una vez, sin índice ni capítulos, saca a luz el voluminoso sumario de crímenes perpetrados en nombre de "Cristo" por su Iglesia desde el año 323 en que apoyada por el emperador Constantino pasó de víctima a victimaria. Con el correr de los años esta iglesia afianzó su poder mandando a la hoguera a quienes disentían de sus opiniones o se oponían a su dominio acusándolos de herejía, en tanto el Papa de turno juntaba bajo su triple tiara el poder temporal y espiritual, a la vez que se declaraba Pontífice Máximo y Vicario de Cristo en la Tierra.
Escrita con gran rigor histórico y académico esta obra de Vallejo desenmascara una fe dogmática que durante toda su historia ha derramado la sangre de hombres y los animales invocando la entelequia de un dios o la extraña mezcla de mitos del Oriente que llamamos Cristo, cuya existencia real nadie ha podido probar.
Aun hoy, existen regiones en las que impera la intolerancia religiosa y donde los no creyentes son no seres, criaturas sin voz y sin derechos, a los que se puede maltratar como a los animales. Y sin embargo, ignorar lo mucho que se está pensando ahora sobre la idea de algún dios y negar los argumentos que la biología y la física enarbolan para demostrar que ese dios no existe equivaldría a cerrar los ojos ante el nudo del que nacen los fanatismos, las crueldades, las torturas y los terrores de este comienzo de milenio.
En los manuales de teología, la idea del ser supremo aparece henchido de atributos abstractos: Alfa y Omega, el Verbo, la Esencia, la paradoja, el laberinto, el misterio, el círculo. En lenguaje cotidiano se lo nombra con abrumadora frecuencia, sin pensar en por qué se dice lo que se dice: "Si Dios quiere", "¡Por Dios!", "Dios no lo permita", "Gracias a Dios". Se supone que él está siempre al alcance de los reclamos humanos. De él provienen la compasión, el consuelo, la salud, el amor y, cuando nada de eso llega, cuando la vida es un infierno de sufrimientos, la responsabilidad nunca se le atribuye sino que es causa de la fatalidad.
Para millones de personas ese dios es todopoderoso, pero los males que suceden son obra del demonio o están allí para poner a prueba la fe de los hombres y hacerlos dignos de la vida eterna. ¿Existe, entonces? ¿Es una metáfora de las pasiones y los deseos? ¿La especie humana es un sueño de dios o dios es el sueño más antiguo de la especie? Solo los hombres imaginan a u dios. No hay dioses en los horizontes de la zoología ni de la botánica. Los gatos, los halcones y las montañas sagradas fueron imágenes de dios para algunas culturas, pero carecen de él. Así, este dios es todo, pero no es para todos.
Teocracias, como mal de la humanidad
En el prólogo de la edición argentina del libro de Michael Onfray Tratado de Ateología, quien fuera mi profesora en la universidad en Buenos Aires, Esther Diaz, asegura que un principio divino es sólo un conjunto de palabras. No hay entidad que lo sostenga, asegura. Más allá no hay nada, pero en este mundo, en la contundente realidad de la inmanencia existen pensamientos alternativos a la filosofía teocrática hegemónica. Existen sujetos alegres que aman la vida, hay materialistas, cínicos, hedonistas, sensualistas, dionisíacos. Ellos, tal como lo señala el autor del libro, saben que tenemos un mundo y que al negarlo nos arrojamos a la pérdida de su uso, disfrute y beneficio.
En esta obra Onfray se aboca a desmitificar a los tres grandes monoteísmos: el cristianismo, el judaísmo y el islamismo. Pero no arremete contra los creyentes, sino contra las "teocracias". Propone que ingresemos en una era postcristiana, donde la humanidad no se someta a los valores morales propuestos por la religión, basados en la obedienia y la mortificación. Hedonista al fin, apunta a un paraíso en la Tierra.
También Nietzsche, en Ecce homo, apuesta a lo mismo. En el capítulo "Por qué soy un destino", denuncia que el concepto de "dios" fue inventado como antítesis de la vida: concentra en sí, en espantosa unidad, todo lo nocivo, venenoso y difamador, todo el odio contra la vida. El concepto de "más allá", sigue, de "mundo verdadero", fue inventado con el fin de desvalorizar el único mundo que existe, para no dejar a nuestra realidad terrenal ninguna meta, ninguna razón, ningún quehacer. El concepto de "alma", de "espíritu", y, en fin inlcuso de "alma inmortal", fue inventado para despreciar el cuerpo, enfermarlo, volverlo "santo", para contraponer una espantosa despreocupación a todo lo que merece seriedad en la vida, a las cuestiones de la alimentación, vivienda, régimen intelectual, asistencia a los enfermos, limpieza, clima. En lugar de la salud, la "salvación del alma", es decir, una locura circular que abarca desde las convulsiones de penitencia hasta las histerias de redención. El concepto de "pecado" fue inventado al mismo tiempo que su correspondiente instrumento de tortura, el concepto de "libre alberdío", para abnubilar los instintos, con el propósito de convertir en una segunda naturaleza la desconfianza con respecto a ellos.
"Mi ateísmo se enciende cuando la creencia privada se convierte en un asunto público y cuando, en nombre de una patología mental personal, se organiza el mundo también para el prójimo. Porque de la angustia personal al manejo del cuerpo y alma del otro, hay un mundo en el que bullen, emboscados, los aprovechadores de esa miseria espiritual y mental. El hecho de desviar la pulsión de muerte que los martiriza hacia la totalidad del mundo no salva al atormentado ni modifica su miseria, sino que contamina el universo. Al querer evitar la negatividad, éste esparce a su alrededor, y además produce una epidemia mental", escribe Onfray.
En su última obra La vida eterna, Fernado Savater se pregunta por qué hay quien cree en lo invisible como explicación final y orientación práctica para habérnoslas con lo visible? Argumenta que en la mayoría de los casos, muhos seres humanos se esfuerzan por tener creencias justificadas. Según explica Bernard Williams en Verdad y veracidad, "una creencia justificada es aquella a la que se lelga a través de un método, o que está respaldada por consideraciones que la favorecen no solo porque la hagan más atractiva o algo por el estido, sino en el sentido específico de que proporcionan razons para creer que es verdadera".
Savater asegura que los parámetros científicos son el mejor método para adquirir creencias justificadas; sin embargo, una gran mayoría tiene algún tipo de creencia paranormal, es decir, que viola alguna regla o principio científico, sea de tipo religioso o profano. Agrega que la extensión y mejora la educuación hace por lo general disminuir el influjo de las creencias religiosas tradicionales.
La instrospección bien llevada logra alejar los sueños y delirios que nutren a los dioses. El ateísmo no es una terapia, sino salud mental recuperada de la programación religiosa que nos hacen desde el nacimento. El trabajo sobre sí mismo presupone la filosofía; no la fe, la creencia, ni las fábulas, sino la razón y la reflexión llevada a cabo de modo correcto. El oscurantismo, ese humus de las religiones, se combate con la tradición racionalista occidental. El buen uso del entendimiento, la conducción del espíritu según el orden racional, el empleo de una verdadera voluntad crítitca, la movilización general de la inteligencia y el deseo de evolucionar con fundamento son otras tantas maneras de alejar los fantasmas. De ahí, pues, surge el retorno al espíritu de las Luces que dio su nombre al siglo XVIII.
El iluminismo contra el dogma
Este movimiento constituyó el nuevo sistema filosófico que propuso ilustrar, con la luz de la humana razón, la realidad toda, combatiendo los errores y prejuicios que se atribuían en la Edad Media. Los líderes intelectuales de este movimiento se consideraban a sí mismos como la élite de la sociedad, cuyo principal propósito era liderar al mundo hacia el progreso, sacándolo del largo periodo de tradiciones, superstición, irracionalidad y tiranía (periodo que ellos creían iniciado durante la llamada “Edad Oscura”). Trajo consigo el marco intelectual en el que se producirían las revoluciones americana y francesa, así como el auge del capitalismo y el nacimiento del socialismo.
Varias son las causas que han contribuido al nacimiento de la ilustración. La filosofía se inspirará en el Racionalismo de René Descartes, Gottfried Leibniz y Baruch Spinoza y en el Empirismo de David Hume, John Locke y George Berkeley. La metafísica experimentará una gran crisis y quedará completamente desprestigiada tras la obra monumental de Immanuel Kant: Crítica de la razón pura, Crítica de la razón práctica y Crítica del juicio. Los filósofos enciclopedistas Denis Diderot, Voltaire, Jean Jacques Rousseau y Montesquieu renovarán el panorama intelectual que originará en los grandes progresos de las ciencias, que arrinconaron prejuicios y errores unánimemente admitidos. Voltaire atacará el clericalismo, mostrará las contradicciones de la religión, divulgará la ciencia racionalista de Newton, pondrá de moda la relatividad cultural y propugnará la tolerancia como el mayor valor ético. Rousseau divulgará la idea del pacto social y la necesidad de la división de los poderes legislativo, ejecutivo y judicial. Afirmará además que todos los hombres son iguales y es la sociedad la que le da el papel a cada uno. Después vendrá una segunda generación ilustrada, la de los llamados ideólogos, con figuras como Condillac, Condorcet, Volney, Destutt de Tracy, Holbach, Maupertuis, que terminarán por modificar la cultura. Añádase a todo esto las difíciles condiciones económicas y políticas que atraviesan casi todos los Estados de Europa a causa de las guerras político – religiosas.
La mujer y dios
Pepe Rodríguez publicó en marzo de 1999 un interesante libro que habla sobre el género de dios, Dios nació mujer. La documentada investigación que se plasma en este libro aporta respuestas coherentes a preguntas trascendentes y hará ver de otro modo a la mujer, al homobre y a la idea de dios. Explica que la mujer y el concepto de dios han sido fundamentales para el progreso de la sociedad, pero asegura que su historia difiere mucho de lo que nos han contado.
La mujer prehistórica no estuvo sometida al varón sino que, por el contrario, las comunidades de nuestros antepasados dependieron de su triple función como procreadora, organizadora y productorra.
Los conocimientos arqueológicos, históricos y etnográficos actuales demuestran, además, que desde que comenzamos a evolucionar como hominidos hasta el inicio de la era agrícola, el desarrollo de las estructuras psicosociales y de los adelantos técnicos que posibilitaron la civilización fue obra de mujeres.
La idea que hoy se tiene de un dios no existía hace unos 30.000, pero su concepto tomo vida y forma al tiempo que los humanos desarrollamos el pensamiento lógico-verbal, de hecho, bajo el proceso de adquisición del lenguaje por los niños subyace el sustrato del concepto de dios.
Las pruebas arqueológicas evidencian que el primer "dios" generador-controlador fue concebido y reconocido como mujer durante más de 20.000 años y que no hubo más divinidad que las gran diosa hasta que, entre los milenios VI y III antes de la era actual, por necesidades socioeconómicas, apareció el concepto de dios varón. La agricultura excedentaria provocó la derrota de la mujer y de la diosa a manos del varón y del dios; y la sumisión se impuso así en la tierra como en el cielo.
El ser supremo en la Masonería
Dentro de la Fraternidad la idea de un ser supremo está dada en el símbolo que se llama Gran Arquitecto del Universo (GADU). Para determinadas corrientes, el GADU representa al ser supremo cuya creencia e invocación en la práctica del rito son imprescindibles. Para otras corrientes, establecer la condición de la creencia en él supondría limitar la libertad de conciencia de sus miembros, por lo que no les exigen profesar ningún tipo de creencia. Así trabajamos desde la corriente liberal y progresista.
Los masones, como individuos, son en todo caso libres de darle el contenido que mejor se ajuste a sus creencias. Como todos los símbolos, proporciona un marco, pero su interpretación concreta corresponde a cada cual. Muchos consideran que el símbolo GADU es igual al dios creador crsitiano que determina a su voluntad los planos de la existencia. Para otros, simboliza la idea de un principio creador que está en el origen del universo, cuya naturaleza es indefinible. Hay por último masones, donde me inlcuyo, que, prescindiendo de cualquier enfoque trascendente, identifican al GADU con la sublimación del ideal masónico o que lo interpretan desde una perspectiva panteísta o naturalista.
Christian Gadea Saguier

1 comentario:

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